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En el libro Técnica y civilización de Lewis Mumford encuentro el siguiente texto:

¡Socialicen la creación!
[…] la vida creadora en todas sus manifestaciones, es necesariamente un producto social.
Se incrementa con la ayuda de tradiciones y técnicas mantenidas y transmitidas por la sociedad en general, y ni la tradición ni el producto pueden quedar como propiedad única del científico, del artista o del filósofo, menos aún de grupos privilegiados que, según las convenciones capitalistas tan ampliamente los apoyan.
La aportación a esta herencia realizada por un individuo o incluso por una generación, es tan pequeña comparada con los recursos acumulados del pasado que los grandes artistas creadores, como Goethe se sienten debidamente humildes acerca de su importancia personal.
Tratar dicha actividad como un goce egoísta o como una propiedad es simplemente imprimirle un sello de trivialidad, pues el hecho es que la actividad creadora constituye el único negocio importante de la humanidad, la justificación principal y el fruto más duradero de su estancia en el planeta.
La tarea esencial de toda actividad económica equilibrada es la de producir un estado en el que la creación sea un hecho corriente en toda experiencia: en el que no se niegue a ningún grupo, en razón de su trabajo o su deficiente educación, su parte en la vida cultural de la comunidad, dentro de los límites de su capacidad personal.
A menos que socialicemos la creación, a menos que subordinemos la producción a la educación, un sistema mecanizado de producción, por muy eficiente que sea, sólo conseguirá endurecerse en una formalidad bizantina servil, enriquecida con pan y circo.”

La editorial Pepitas de calabaza acaba de editar los dos volúmenes de “El mito de la máquina”.